A principios de septiembre se publicó Pez, piedra, pájaro, la tercera novela de la escritora argentina Luciana De Luca. Si me preguntaran a mí de qué se trata, luego de haberla leído y reflexionado respondería: se trata de un linaje, un linaje de tres o cuatro generaciones de —principalmente— mujeres, que coincide con la fundación y refundación de un pueblo, una aldea, un caserío, sobre una tierra a la que acaban de llegar, una tierra que parece querer expulsarlos. Resulta que la novela en su primer bloque, “Presentación”, como parte de un doble movimiento que retomaré en breve, se adelanta y se autodefine: “Esta es una historia de amor” (p. 14). Y lo cierto es que lo es.
Si no era a su hora última, nunca. Rehén de la inmovilidad desde que fue plántula, el árbol —cada árbol— tiene pocas oportunidades de asesinar, de volverse predador, de vengarse de todo lo no quieto. Si sobreviene un vendaval, un tornado, una inundación. Un incendio, con menos suerte. Será la muerte, su muerte, la última oportunidad.
La novela arranca con un bloque llamado “Presentación”. Este bloque está dividido en dos partes que son, en algún sentido, opuestas entre sí. La primera parte anuncia todo lo que luego va a pasar en la historia. Núcleo por núcleo, funciona como una especie de resumen narrado por una voz bíblica, profética. Más que spoilear, lo que hace es despejar el camino, transparentarlo. Como lectores sabemos hacia dónde vamos, entonces nos podemos dejar llevar. Stoner de John Williams es una novela que me gusta mucho y que hace lo mismo: en sus primeros párrafos anticipa todo lo que se va a desplegar en las doscientas páginas siguientes. Todo lo que la primera parte de la “Presentación” resume luego se despliega en escenas vivas, detalladas, durante el resto de la novela. Su segunda parte, en cambio, plantea una escena que se mantendrá inédita hasta el final. Una escena que por la forma en la que está narrada y por la estructura propia del libro —primero la “Presentación”, luego un bloque por cada generación del linaje— bien podría ser un capítulo más dentro del bloque de “Zeta y Primavera”, pero que sin embargo no se vuelve a mencionar.
Ocurre allí, en esa escena, algo que podría explicar cosas que suceden más adelante. Pero digo “podría” porque en realidad hay a la vez mucho y nada por explicar, ya que la autora nos propone un mundo fantástico, de realismo mágico. Un mundo donde la naturaleza habla, donde una mujer se puede volver árbol, y donde la naturalidad con la que todo acontece, el modo en el que es narrado hace que a los lectores nos resulte muy fácil entrar, poder verlo, creerlo, habitarlo. El escenario también ayuda: tierras sin habitar, polvo, viento, colonos, invasores. Un terreno predominantemente marrón, anaranjado, pegado a un bosque verde oscuro, azulado. Ese contraste tan marcado prevalece durante toda la novela y se vuelve una de sus imágenes más potentes. Tanto que, ahora que vuelvo a ver el libro físico, aparece representada ya desde su portada.
No puedo evitar preguntarme por qué el realismo mágico marida tan bien con el linaje, con el paso de las generaciones. Son conceptos que parecen potenciarse entre sí: pasa acá, pasa en Cien años de soledad, pasa en “Marta Riquelme” de Martínez Estrada, por poner algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza. Quizás tenga que ver con el tono de leyenda o fábula que adoptan estos relatos; algo más del boca en boca, donde los acontecimientos pueden distorsionarse al extremo y tensar los límites de la verosimilitud sin riesgo de romperlos. En este caso, el narrador de Pez, piedra, pájaro es externo, focalizado en Jocabed, la primera en nacer en el nuevo mundo: con dientes y un nombre (p. 23). El final del primer capítulo, ya dentro del bloque de “Jocabed”, parece explicitarlo:
Es la memoria de Jocabed la que almacena la génesis del caserío. Es la lengua de Jocabed la que deshilvana las intrigas, la historia (…); y es la historia de los que no conoció y de los que vendrán.
— Luciana De Luca, Pez, piedra, pájaro, p. 27
Pero además, la novela inicia cuando ella nace y termina cuando ella muere, incluso cuando para ese entonces ella hace tiempo ha dejado de ser la protagonista, y se han sucedido ya los bloques “Zeta y Primavera” y “Pez, piedra, pájaro”. La voz que narra, sin embargo, no cambia. Y cuando comencé a preguntarme, entonces, cómo puede un narrador focalizado en Jocabed saber tanto sobre lo que ven, viven, sienten sus hijas Primavera y Zeta, creo haber encontrado el pasaje que lo justifica:
Jocabed aprende: está unida a esas dos hijas que la envuelven en sus gargantas, en sus corrillos. Es la suya, con Zeta y Primavera, una conversación que no termina nunca, una casa sin puertas. Jocabed es sus dos hijas y es, también, ella misma
— Luciana De Luca, Pez, piedra, pájaro, p. 79
Si Jocabed es sus hijas, si tiene con ellas una conversación que no termina, entonces Jocabed puede contar sus historias aunque no sea exactamente ella quien las encarne. El fragmento en una primera lectura es bello pero en su relectura se vuelve hábil, inteligente.
La madre de Jocabed, los dedos mordidos, le da el pecho a su hija, que no llora, que no se queja. La leche es abundante, dulce. Jocabed crece a la vista. Diríase: basta con quedarse quieto enfrente para verla cambiar. Le traen otros hijos para amamantar las demás mujeres, celosas y esperanzadas. La madre de Jocabed se vuelve fuente.
Cuando Jocabed y su madre se establecen junto al resto del caserío en el pozo en el que se quedarán hasta el fin de la novela, les toca en suerte, por ser las últimas en recibir su porción de tierra, una ubicación particular: su casa resulta ser la última del caserío, la más sola, la más oscura, la que apunta al bosque (p. 40). Esta ubicación, tan precisa, ilustra muy bien el lugar que ocupan las protagonistas en ese mundo. Por un lado forman parte de “los quietos” —las mujeres, los hijos y los viejos, que según la propia “Presentación” son quienes sostienen el caserío (p. 13)—, pero a su vez viven en el borde. Jocabed va y vuelve del bosque, que parece no tratarla como al resto de la gente. Sus hijas también son, luego, escurridizas, aunque en direcciones opuestas: Zeta, como su madre, hacia afuera, también hacia el bosque; Primavera, enamorada de Mikeas, un joven del caserío, hacia adentro.
Y no quiero dejar pasar cómo este linaje es el único que recibe nombres propios. Jocabed, la primera —nace, recordemos, con dientes y un nombre—; Primavera y Zeta después; Mikeas, que llega a formar parte de él, y Pez, Piedra y Pájaro al final. En la dirección contraria, hacia las generaciones anteriores, la madre de Jocabed no solo es mencionada, sino que llega a ser parte de la historia, parte de varias escenas, y sin embargo nunca es nombrada. Trae esa carencia del viejo mundo.
El último bloque del libro, finalmente, se llama como la novela: “Pez, piedra, pájaro”, y es el que focaliza en la última generación de ese linaje. Llegados a este punto prefiero no adelantar nada de lo que sucede en estas páginas. Primero porque los invito a leer la novela, que está muy bien escrita y es una lectura que vale la pena hacer. Pero sobre todo porque es en esas últimas diez, quince páginas donde termina de cerrarse la idea que plantea la “Presentación”: que esta es, efectivamente, una historia de amor.



