Esta semana fui a ver Backrooms, la ópera prima de Kane Parsons, y salí con una sensación de qué pasó acá, qué acabo de ver. Un poco más tarde pensé en Cortázar.
La película parte de un fenómeno nacido en el entorno digital: imágenes que proponen espacios liminales, habitaciones que conforman un universo infinito donde acechan amenazas. Esa premisa es el punto de partida de Parsons para construir algo que toma del creepypasta y se instala en el territorio del cine.
La película abre con una demolición, la de la casa de la psicóloga, una de las protagonistas de la película. El otro protagonista es un hombre dueño de una mueblería que después de una separación es echado de su casa por su esposa. Él empieza a asistir a una consulta psicológica y así es como se conocen. Pronto, el hombre separado descubrirá en el sótano de su local una pared que lo conecta con los backrooms: habitaciones sin ventanas, como interiores de casas que se repiten, y cada habitación tiene ciertas particularidades; mientras más avanza, el espacio se va deformando, volviéndose oscuro. Cuando él desaparece en esa dimensión, su psicóloga decide ir a buscarlo y adentrarse también en el laberinto.
Hasta ahí la historia es bastante concreta. Pero una vez que ambos personajes se cruzan dentro de ese espacio —diría en la mitad del segundo acto— la película abandona la trama y se entrega a la ambigüedad. Ya no hay pistas que conduzcan a un sentido cerrado: solo sensaciones, atmósfera, la incomodidad de no saber qué está pasando ni por qué. La escena trabaja para generar emociones y en eso no explica nada.
Eso es lo que me hizo pensar en Cortázar.
Estuve releyendo varios de sus cuentos y algunos de Samanta Schweblin, pensando en cómo funciona el género fantástico según el relato. A veces pareciera que los indicios que el narrador va dejando nos conducen hacia un sentido que se cierra. Otras veces, en cambio, los sentidos simplemente se abren: el relato juega a generarnos preguntas que nunca va a responder. Son esos cuentos en los que uno termina con la sensación de que nada ha sido explicado, y sin embargo pasaron muchas cosas, sobre todo inquietantes.
Pensé en "Casa tomada". Ese matrimonio de hermanos que pasa los días sin otra ocupación que limpiar cada habitación de la enorme casa que habitan, y esa presencia innombrable que los va expulsando, cuarto por cuarto, hasta dejarlos en la calle. Recordé el célebre texto de Sebreli, ese que ofrece la explicación política: la amenaza es el peronismo que avanza, y pensé que sin esa clave de lectura, "Casa tomada" es, en esencia, un backrooms. No hay sentido que se cierre hacia ningún lado. Solo el avance de algo que no se puede nombrar, y dos personas que terminan abandonando la casa sin oponer resistencia y tiran la llave.
Quizás, en ese gesto, el género fantástico capture una emoción de la vida real. A veces las cosas simplemente pasan.



